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VISUALIZA EL CÓMIC

«No sé nada de música, pero he observado que algunas notas de guitarra son
capaces de alargar el instante presente. Es una percepción mínima —la
duración real de la nota más su expansión subjetiva dentro de mí— y a la vez
inabarcable: sugiere que el Tiempo podría ser de goma e incluso dudar de sí
mismo. Entre paréntesis, esta inútil divagación: ¿se podrá escribir una novela o
una sinfonía sobre la idea de que el Tiempo duda de sí mismo? En fin, sea
como sea, algo parecido a eso he sentido siempre que he escuchado a Josete
Ordóñez interpretar en directo temas de Objetos perdidos, proyecto único cuya
secuela, como él prefiere llamarla, presenta ahora.
Se titula Transeúntes. Diré, para quien no lo haya deducido aún, que Josete
es el intérprete, compositor e ideólogo de esta aventura que logra la identidad
precisa, nada menos; su creador total, que, como todos los creadores totales,
no puede quedarse quieto y ha de seguir indagando, a la caza de nuevos
problemas. Parece mentira lo poco interesantes que resultan las cimas
coronadas, enseguida es imperioso saltar al vacío, que además suele
presentarse oscurecido por nubes de incertidumbre. Transeúntes es ese salto
desde Objetos perdidos.
Por cierto, un gran título. Transeúntes. Según mi teoría, los títulos son
buenos cuando su autor, todavía inseguro al respecto, los repite a solas y en
voz alta unas cuantas veces para sentir cómo le suena. Pues bien: si antes de
pronunciarlo cinco veces te suena fluido, expresivo y, sobre todo, tuyo y de
nadie más, ya está: el título es bueno.
Transeúntes, como antes Objetos perdidos, ofrece temas de guitarra sobre
viejas imágenes de cine mudo, en algunos casos bien reconocibles y en otros
sorpresivas e insospechadas. Esta fusión funciona, lo que era imposible
asegurar de antemano: es singular, es carnosa en lo emocional y contiene hilo
narrativo. La singularidad tiene valor por sí misma, siempre es preferible la
creación singular, incluso si tuviera fisuras, a la fotocopia perfecta. Sobre la
emoción no hay duda ni regla ni ley ni apremio ni nada que no sea la soberanía
del receptor. Y tampoco hay término medio: la emoción es o no es y cuando es
no se puede describir, solo sentir, y cuando no es no hay manera de arreglarlo
con explicaciones ni con gráficos ni son súplicas de segundas oportunidades.

En cuanto a la narración, no es fácil que comparezca en la música cuando esta
no tiene palabras. Pero aquí ocurre: hay ficción, hay no ficción, hay auto ficción
y hay ciencia ficción. Y todo sin que se pronuncie una sílaba. Y todo por causa
de estos transeúntes que van y vienen por el Tiempo, estos personajes que
viven y asoman entre las notas de guitarra, desde Antonin Artaud hasta la
criatura del doctor Frankenstein, desde Buster Keaton hasta aquella guitarrista
de flamenco de nombre olvidado, gaditana creo recordar, que se enamoró de
una revolucionaria mexicana y murió acribillada a tiros junto a ella durante el
asalto a un tren, desde el mismo Josete Ordóñez, que imaginó que todo esto
podía contarse con una guitarra, hasta quienes, no habiendo escuchado aún
Transeúntes, sospecharán o sabrán al escucharlo que sí, que no cabe duda,
que ellos también son transeúntes que van y vienen por el Tiempo.
Y que ese Tiempo, ay, ni era de goma ni dudaba de sí mismo, aunque la
magia, por un instante, nos haya permitido creerlo.»

Fernando Marías

 

 

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